Cuando
a ti se te antoje, podemos hablar de amor. De ese amor del que no conoce qué es
ceder la mitad de tu vida a una suerte incierta de emociones, de ilusión
contenida por miedo a que el otro se acostumbre demasiado y piense que estarás
siempre ahí. Aunque eso sea justamente lo que piensas hacer.
Podemos
hablar de esos amores que son medias naranjas, pero entonces tiraríamos de
frases hechas que al final nadie entiende. Porque una persona no se parece a
una naranja, y por mucho que nos pese esa metáfora es bastante insustancial. Yo
prefiero hablar de una mitad que puede adaptarse a la mía, con esfuerzo o sin
él, y que entiende que yo prefiera follar a salir de la mano por el parque.
Y
ya, puestos a hablar, cuando a ti se te antoje podemos hablar de rutinas, de
puntos cardinales que terminan desorientándome o de palmadas en la espalda que
a veces me empujan contra la pared.
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