Me encanta enredar
mis dedos entre tu pelo y pegar pequeños tirones que te recuerden que sigues
estando vivo, y que tu vida pasa junto a mí. Me entretiene mordisquear tu
cuello cuando te pillo desprevenido, y arañar tu espalda en las noches de
pasión.
Es increíble apuntar
más horas de viaje en la memoria sabiendo que nos espera algo aún más grande
que la vez anterior. Embarcarnos en mil doscientas aventuras con cualquier
canción de rock sonando de fondo. Todo el mundo sabe que conozco todos los
fenómenos meteorológicos recogidos en el negro del asfalto y en la profundidad
de las cunetas. Nadie mejor que yo entiende qué es cargar con la mochila y
abandonarlo todo para encontrar un todo mejor. y más grande. No me escuches si
me quejo porque sabes que repetiré encantada. Y no te pares a pensar en lo
incómodo del viaje porque todo se hace con gusto cuando se persigue un fin con
ganas.
Seguramente a
kilómetros de mi casa haya alguien contando gotas en un cristal. O viendo cómo
se acumula la nieve a la entrada de cualquier tunel de montaña. O puede incluso
que alguien juegue a ver cómo se esconde el sol entre las nubes. No lo sé.
Yo dejo la mente
siempre en blanco, para poder escribir en ella cada sensación que eriza mi
piel. Puedo mandar a la mierda toda la basura que muchos arrojan por bocas sin
domesticar, y puedo beber hasta perder la razón de mi existencia. Pero siempre
habrá alguien que me devuelva bruscamente al mundo real, al sin-sentido de
vivir cada día para acabar cansada quién sabe en qué milésima del universo.
Estoy harta de oír
perros que ladran y dueños que imponen un bozal como castigos que hieren. Que
ya no respetamos nada, y que viajar es la única manera íntima de poder soñar
con mundos nuevos, con gente abstracta que ayuda a olvidar a la gente que te
quiere y de la que a veces te cansas.
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