Si hay algo claro dentro de esta
pequeña porción de tierra que nos ha tocado a suertes, es que nada es idéntico
a nada. Dice la buena filosofía que un río no es siempre el mismo río, y que no
te bañas dos veces en su mismo agua.
Cada situación, cada lugar, hace
florecer nuevas sensaciones que impulsan actos, acciones muchas veces
incontroladas que nos delatan. No cambian las personas: cambian sus intereses.
Es sorprendente ver cómo somos capaces
de juzgar cualquier mal gesto ajeno, y castigar al otro hasta doler para que
pague su error. Sin embargo, pocos son quienes sonríen y te susurran al oído
palabras de aliento regalándote su perdón. De hecho creo que aún no he
conocido a nadie así, y he tenido veinte años para lograr tal hazaña.
Nadie es rencoroso, pero todos
guardamos pequeñas marcas de espinitas que se clavan y no quieren salir. Nos
cuesta dar nuestro brazo a torcer, y nos resulta más económico fruncir el ceño
y esperar a que ocurra un milagro.
Nunca llegamos a conocer a los demás
por completo, ni tan siquiera a nosotros mismos. Quien ayer era una chica
alegre y con un futuro prometedor; quien ayer trataba de animarte, hoy... Hoy
se embarca en una aventura poco esperanzadora, sólo porque a alguien se le
antojó romper sus sueños de golpe y hacer de su vida una amarga condena.
Somos injustos. Injustos incluso con
nosotros mismos. Nos menospreciamos a diario, nos infravaloramos, y dejamos que
cualquiera con más luces que uno mismo se aproveche de cualquier mínimo error
para hacernos tropezar y caer. ¿Qué hace falta para ser capaz de destrozar
vidas ajenas? ¿Sangre fría? ¿Ser de piedra? ¿O simplemente tener una vida tan
absurda y vacía como para no encontrar felicidad más allá de la tristeza de
otros?
¿Por qué no mantenemos lo bueno que
tiene la vida? ¿Y por qué hacemos siempre más daño a quienes menos lo merecen?
¿Será una condición innata del ser humano, o será que empiezo a volverme loca y
sólo yo lo siento así...?
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