21 de abril de 2012

Por perder los días.

El mundo sigue girando aunque tú te pares. A kilómetros de ti siguen saliendo trenes, y en ellos personas que escapan a otros lugares quizás por gusto, quizás por obligación. El cirujano del octavo ha madrugado esta mañana, y en lo que tú jugabas a enredarte entre las sábanas, él ya ha conseguido mejorar varias vidas anónimas. Nadie le da nunca las gracias, pero su trabajo le hace grande.

Ahora sostienes una taza de té, y mientras soplas, los viajeros de aquel tren imaginario ya han llegado a su destino. En la estación esperan varios novios impacientes que entre bostezos ansían la llegada de su pareja. Uno de ellos lleva un gran ramo de rosas, y se lo entrega a una mujer embarazada. Fundirse en un beso se antoja una buena respuesta que, sin embargo, entristece a aquellos que comprueban su desdicha: nadie les espera junto a las vías del tren.

Perezosa decides meterte en la ducha, y en la calle el sol comienza a calentar las buhardillas que ves desde la ventana de tu cuarto. En la sartén crujen un par de huevos fritos que servirán como acompañamiento a unos granos de arroz.

Salidas de colegios colapsadas, horarios de trabajo que terminan, telediarios que comienzan... y tú sigues empeñada en parar el tiempo. Peleas de nuevo con tu almohada en eso que llaman siesta, y mientras tanto no atisbas a imaginar la grandeza del día y la de cosas que te has perdido por empeñarte en jugar contra tu reloj de pulsera una batalla en la que de antemano saldrías perdiendo.

Puede que si te aviso de lo fugaz que es nuestra vida te vistas y bajes a mi puerta para charlar entre cervezas. Puede que quisieras incluso decirme algo; sincerarte tal vez. O a lo mejor conseguiría despertarte esas ganas de volar que a veces tienes. Pero ahora ya te has marchado. Has asumido el engaño, y te vas.

La próxima vez que viajes, búscame y trata de encontrarte.

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