El mundo sigue girando aunque tú te pares. A
kilómetros de ti siguen saliendo trenes, y en ellos personas que escapan a
otros lugares quizás por gusto, quizás por obligación. El cirujano del
octavo ha madrugado esta mañana, y en lo que tú jugabas a enredarte entre las
sábanas, él ya ha conseguido mejorar varias vidas anónimas. Nadie le da nunca
las gracias, pero su trabajo le hace grande.
Ahora sostienes una taza de té, y mientras soplas,
los viajeros de aquel tren imaginario ya han llegado a su destino. En la
estación esperan varios novios impacientes que entre bostezos ansían la llegada
de su pareja. Uno de ellos lleva un gran ramo de rosas, y se lo entrega a una
mujer embarazada. Fundirse en un beso se antoja una buena respuesta que, sin
embargo, entristece a aquellos que comprueban su desdicha: nadie les espera
junto a las vías del tren.
Perezosa decides meterte en la ducha, y en la calle
el sol comienza a calentar las buhardillas que ves desde la ventana de tu
cuarto. En la sartén crujen un par de huevos fritos que servirán como
acompañamiento a unos granos de arroz.
Salidas de colegios colapsadas, horarios de trabajo
que terminan, telediarios que comienzan... y tú sigues empeñada en parar el
tiempo. Peleas de nuevo con tu almohada en eso que llaman siesta, y mientras
tanto no atisbas a imaginar la grandeza del día y la de cosas que te has
perdido por empeñarte en jugar contra tu reloj de pulsera una batalla en la que
de antemano saldrías perdiendo.
Puede que si te aviso de lo fugaz que es nuestra
vida te vistas y bajes a mi puerta para charlar entre cervezas. Puede que
quisieras incluso decirme algo; sincerarte tal vez. O a lo mejor conseguiría
despertarte esas ganas de volar que a veces tienes. Pero ahora ya te has
marchado. Has asumido el engaño, y te vas.
La próxima vez que viajes, búscame y trata de
encontrarte.
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