Soñaba
con comerse el mundo, pero aquella noche sentía que era el mundo el que
pretendía engullirla a ella. Salió con lo puesto, que no eran más que unas
viejas botas de agua y un abrigo con aires de vejez que aspiraba a ser bohemio.
Y bailó bajo la lluvia aunque le dolían los pies.
Cabizbaja logró colarse en el primer portal, y acurrucada en sus escaleras esperó el amanecer. No le habían explicado cómo gritar cuando nadie intentaba oírla, y con un chillido ahogado quiso demostrar que eso dolía. Sin fuerzas dejó olvidado su paraguas, y cuando quiso echarlo de menos ya estaba de nuevo en la calle, sin saber el momento exacto en el que habría echado a andar calle adelante. En su cabeza sólo había hueco para el recuerdo de aquella tarde; para albergar el agridulce sentimiento de que nada sería igual.
Bajó las escaleras que conducían a su casa, y en cada peldaño decidió dejar sus ilusiones. A su lado un músico cabezota pedía cualquier limosna a cambio de notas enlatadas, y como de costumbre ella dejó varias monedas en su sombrero y sonrió, sin que nadie sospechara su desdicha.
Dentro las tostadas ya estaban listas, y el zumo de naranja amenazaba con perder sus propiedades. "Nada como volver a casa", pensó. Y de sus labios se escapó aquella sonrisa.
Cabizbaja logró colarse en el primer portal, y acurrucada en sus escaleras esperó el amanecer. No le habían explicado cómo gritar cuando nadie intentaba oírla, y con un chillido ahogado quiso demostrar que eso dolía. Sin fuerzas dejó olvidado su paraguas, y cuando quiso echarlo de menos ya estaba de nuevo en la calle, sin saber el momento exacto en el que habría echado a andar calle adelante. En su cabeza sólo había hueco para el recuerdo de aquella tarde; para albergar el agridulce sentimiento de que nada sería igual.
Bajó las escaleras que conducían a su casa, y en cada peldaño decidió dejar sus ilusiones. A su lado un músico cabezota pedía cualquier limosna a cambio de notas enlatadas, y como de costumbre ella dejó varias monedas en su sombrero y sonrió, sin que nadie sospechara su desdicha.
Dentro las tostadas ya estaban listas, y el zumo de naranja amenazaba con perder sus propiedades. "Nada como volver a casa", pensó. Y de sus labios se escapó aquella sonrisa.
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