Hoy he aprendido una
lección, y es que no puedes pedir que los demás crean en ti cuando tú no lo haces.
No me malinterpretéis; ya me sabía la teoría, pero no la había puesto en
práctica.
Supongo que esa es
una de las teorías absurdas que todos conocemos, y damos por verdaderas, pero
ninguno ponemos en práctica. Porque, en teoría, no deberímos juzgar a la gente
sin conocerla, ni tirar la toalla en los momentos difíciles, ni hablar con las
musarañas mientras estudias, ni saltarte en rojo los semáforos... Pero yo he
hecho todas esas cosas y me da igual. Incluso he apagado el despertador para
seguir durmiendo y he faltado a cosas importantes con las que me había
comprometido. Y sí, he metido los dedos en un enchufe alguna que otra vez.
También he bebido
nesquick con fanta y coca-cola, y he mojado gusanitos en calimocho. He llegado
al desayuno con ropa de calle, y me han dado las siete de la mañana haciendo
nada. Pero esas teorías están para saltárselas, no son como las otras. Y es que
siempre olvidamos la norma, pero unas normas deben ser respetadas y otras no si
quieres vivir la vida.
Mucho me temo que a
estas alturas no puedo presumir de ser demasiado legal. O al
menos me paso las teorías por el forro de... los pantalones. Pero la única
regla que no debería saltarme y que nunca quise comprender es la del quererse a
sí mismo. Lo intento, pero siempre encuentro defectos que me decepcionan a mí
misma. Supongo que todo tendrá relación con la confianza, y yo siempre tengo
dudas de prácticamente todo. Hasta dudo si cerré bien el coche, y me vuelvo
para comprobarlo. Y así con la puerta de casa, con la pastillita que me tomo
cada noche y con las mil rutinas que sé que he hecho pero necesito revisar para
asegurarme y poder dormir tranquila.
Desde hoy voy a
intentar no perder más el norte. A mí manera particular de hacer las cosas,
pero lo intentaré.
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